La Edad Olvidada

Begoña González Minguillón, coordinadora de la escuela viva El Roure.

La adolescencia es una edad olvidada y algo maldita; la mirada que, socialmente y en general, se tiene sobre ella está cargada de negatividad: es una etapa difícil, conflictiva, los adolescentes son dispersos, vagos, poco colaboradores, incomprensibles, arrogantes, narcisistas, rebeldes, emocionalmente inestables, etc. A menudo los adultos se ven sobrepasados por la energía adolescente, aparece la frustración, la incomunicación y se establece el control, la prohibición o el castigo como estrategias de convivencia.

Curiosamente cada una de las personas adultas hemos sido adolescentes y podemos conectar con nuestra experiencia en esa etapa, conocer a través de lo vivido, lo que necesitamos en su momento, lo que era importante para nosotras y lo que nos limitaba o nos dificultaba el crecimiento. Todo eso puede ser inspirador a la hora de comprender a otros adolescentes, a los adolescentes de hoy.

En la infancia, para obtener seguridad emocional, necesitamos la imagen inconsciente de que los adultos saben lo que conviene hacer y lo hacen, por tanto, no se equivocan. Además, necesitamos su reconocimiento y aprobación, su amor, por lo que son nuestros modelos, a los que seguimos e imitamos. Según mi experiencia personal y mi observación como profesional de la educación, en la adolescencia se nos hunde, más o menos repentinamente, la fantasía infantil del “perfecto mundo adulto” que teníamos en la infancia.

Al llegar a la preadolescencia, comienza un enorme cambio evolutivo, todo el organismo se pone en acción para generar el paso de la edad infantil a la edad adulta, una transición fundamental en la vida de cualquier persona. Esa convulsa revolución es la adolescencia. Empezamos a tener cierta autonomía emocional y mayor capacidad para tener conciencia de nuestra realidad y la de los demás, porque la seguridad afectiva que viene del adulto ya no es tan necesaria.

El adulto y su mundo empiezan a verse con mayor amplitud, con su aspecto negativo incluido; sus errores, incoherencias y debilidades. Hay mayor capacidad de ver la globalidad y de objetivar y al mismo tiempo la mirada está muy condicionada por la conexión y el vínculo afectivo que se establezca con los adultos. La mirada hacia los adultos es muy selectiva, radical a menudo, por la que suelen aparecen adultos a los que se rechaza y adultos a los que se adora.

El mundo aparece como un lugar a descubrir, más allá del entorno familiar y de sus valores. Ante ese despertar ilimitado, el adolescente cierra los ojos y se evade o cuestiona y se rebela, desea cambiar el mundo. Es una etapa vulnerable y delicada, en la que brota un profundo deseo de libertad, de explorar lo desconocido, a menudo tocando los límites establecidos por la familia o la sociedad. Todo es posible con la rebosante energía adolescente y al mismo tiempo no existe nada más que el momento presente y su intensidad, sea la del goce o la de la angustia.

La conciencia sobre sí mismo es mucho mayor y comienza un complejo proceso de construcción consciente de la identidad; es decir, me empiezo a preguntar quién soy y quien quiero ser. Para conseguir tener conciencia de sí mismas, las personas adolescentes necesitan distinguirse de la madre y del padre, distanciarse de ellos, reafirmarse en su diferencia. Necesitan crear una imagen de sí mismas, buscar modelos fuera de la familia, pertenecer al grupo de iguales de forma intensa para sentir la complicidad ante tamaña empresa.

Creo que es una responsabilidad pendiente generar espacios abiertos para adolescentes que puedan contribuir a una experiencia profundamente fructífera, tanto para los mismos adolescentes como para sus familias; espacios donde se pueda dar la escucha que necesitan y reclaman, siendo protagonistas de sus propios procesos de aprendizaje y maduración, siguiendo su propio ritmo y manera, sin ser juzgados por sus tentativas de búsqueda.

Imagino estos espacios como lugares de encuentro en los que los adolescentes sean capaces de invertir su energía, de expresarla y canalizarla en positivo, sea hacia sí mismos o hacia los demás. Eso requiere un acompañamiento adulto consciente y respetuoso, sintonizado entre profesionales y familia. Un acompañamiento así supone para los adultos una invitación a salir de las creencias dualistas que contraponen el trabajo y el ocio, el aprendizaje y la diversión, que asocian la acción con el aprendizaje y la pasividad con la pérdida de tiempo, etc. y permitir que se exprese la corriente de la vida, con su fluidez y movimiento, con su diversidad de aspectos. También supone atender a las tensiones, bloqueos y dificultades que se manifiesten y que limitan ese flujo vital, tanto a nivel individual como grupal.

La adolescencia es esencial como encrucijada de caminos hacia la vida adulta. Por eso, creo que es imprescindible crear este tipo de espacios de acompañamiento a adolescentes y sus familias, en los que se comprenda profundamente el sentido y las necesidades de esta etapa crucial, en general, tan incomprendida y descuidada.

Begoña González, coordinadora de la escuela viva El Roure.


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